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Fui a 3 sex shops de la misma ciudad y el mismo frasco costaba el doble

· Soy Penélope

Fui a 3 sex shops de la misma ciudad y el mismo frasco costaba el doble

Por qué acabé metiéndome a tres el mismo día

Fui a Puebla por trabajo de la agencia, a cerrar unas tarifas de hotel. Terminé a las cuatro de la tarde y mi vuelo salía hasta el día siguiente. Tenía una tarde entera y una ciudad que no es la mía.

Vendo estas cosas en línea. Llevo años viéndolas del lado del inventario: claves, cajas, proveedores. Pero casi nunca me toca ser la que entra a un local sin que nadie sepa quién soy. Así que busqué en el mapa, salieron varias, y me propuse algo tonto: ir a tres. Las tres del mismo día, en la misma ciudad, con la misma pregunta.

La pregunta era boba a propósito: quería un lubricante base agua y saber cuánto costaba. Nada más. Lo mismo en las tres.

Salí con tres precios que no se parecen entre sí y con una idea que no esperaba.

La primera: bonita, cara y con guion

Plaza nueva, planta alta, junto a una tienda de celulares. Luz cálida, música, todo en repisas iluminadas. La verdad se ve muy bien. Si nunca has entrado a una, esa es la que quieres que sea tu primera.

Me atendió un muchacho de veintitantos, uniformado, amabilísimo. Le pregunté por el lubricante y no me contestó el precio: me preguntó «¿es para ti o para pareja?». Le dije que para pareja y ahí arrancó.

En cuatro minutos me había enseñado un anillo de silicón, un aceite térmico y un kit. Todo bien, todo legítimo, nada de lo que me enseñó estaba mal. Pero yo había preguntado una cosa y llevaba cuatro en la mano.

El lubricante costaba trescientos noventa. Le pregunté si tenía otro más barato y me dijo que ese era el bueno.

No me molestó el precio. Me molestó que me contestaran otra pregunta. Salí sin comprar y con la sensación rara de estarme escapando de algo, que es exactamente lo que no quieres sentir saliendo de una tienda.

La segunda: barata y muda

Esta estaba en el centro, en un pasillo comercial de esos con locales de fundas y relojes. Cortina a medias, mostrador de vidrio, y atrás una señora viendo su teléfono.

Aquí el lubricante costaba ciento cincuenta. Casi la mitad que en la plaza.

El frasco no tenía caja. Tampoco etiqueta con ingredientes, ni marca que yo reconociera, ni fecha de nada. Pregunté si era base agua. Me dijo «sí, todos son». Le pregunté si se podía usar con condón y me dijo «sí, sí sirve».

«Todos son» no es una respuesta. No todos son. Los de silicón no son base agua, y los que traen aceite se llevan mal con el látex —lo debilitan, y ahí se acaba la protección del condón—. Eso no es un dato de experta, viene en la parte de atrás del frasco. Del frasco que tenga parte de atrás.

No compré. Y quiero ser justa: no estoy diciendo que le estuvieran vendiendo veneno a nadie. A lo mejor era producto bueno. El problema es que no había manera de saberlo, ni para mí ni para ella.

La tercera: chica, fea y la única donde sí supieron

Un local angosto, como de tres metros de frente, en una calle sin nada de bonita. Adentro estaba apretado y la iluminación era de tubo, esa luz blanca de papelería.

Atendía una mujer más o menos de mi edad. Le hice la misma pregunta y pasó algo que no me había pasado en toda la tarde: volteó el frasco y me leyó lo que decía atrás.

Doscientos ochenta. En medio de los otros dos.

Me dijo, sin que yo preguntara, que ese sí va con condón, que el de silicón dura más pero mancha las sábanas y que si iba a usar juguete de silicón, no le pusiera lubricante de silicón encima porque se pican. Le pregunté por qué sabía todo eso. Me dijo que porque se lo preguntan diario y una vez se equivocó.

Ahí compré. Y compré otras dos cosas que no llevaba pensadas.

Aceite de almendras para masaje de SexShop99

El mismo frasco, tres precios

Ciento cincuenta, doscientos ochenta, trescientos noventa. La misma cosa, la misma tarde, la misma ciudad, treinta minutos de coche entre la primera y la última.

Me llevé el susto de ver que el precio no te dice nada del producto. El caro no era mejor: era el que paga renta en una plaza y trae a un muchacho uniformado. El barato no era una ganga: era el que no sabía qué estaba vendiendo. Y el de en medio resultó el bueno, pero por casualidad, no porque el precio lo anunciara.

Para que tengas con qué comparar: ese mismo tipo de lubricante base agua lo tenemos nosotros en doscientos sesenta y cuatro, y en la ficha viene qué es y con qué se puede usar. No lo pongo para presumir el precio, porque hay quien lo tiene más barato. Lo pongo porque ahí lo puedes leer sin preguntarle a nadie, que es justo lo que me faltó en dos de las tres.

Lo que sí vale la pena comprar viéndolo

Con todo y lo anterior, yo no dejé de ir a tiendas y no te voy a decir que dejes de ir. Hay cosas que en pantalla no se pueden decidir.

Los aceites y las velas son el ejemplo perfecto: el olor decide y el olor no se describe. Yo destapé cuatro aceites en el mostrador de la tercera y me llevé el de almendras porque los otros me olían a jabón de baño de restaurante. Eso no lo resuelve ninguna foto.

La lencería también, por la talla, que cambia de marca a marca de una manera que da coraje. Y cualquier cosa que necesites hoy, obviamente: el envío más rápido del mundo tarda más que un coche.

Lo que sí me esperé a pedir

En la primera tienda había una bala en el mostrador, sin caja, en cuatrocientos y feria. Pregunté de qué material era. El muchacho, que para el anillo tenía discurso completo, se quedó pensando y me dijo «silicón, creo».

«Creo» me alcanzó para no comprarla. Un juguete que va a estar en contacto con la piel un rato largo no es cosa de «creo». Silicón médico, TPE y plástico duro no son lo mismo, no se limpian igual y no todos se llevan bien con todos los lubricantes.

Esa la pedí después, ya en mi casa, leyendo la ficha con calma. Terminé con una bala que sale más barata que la del mostrador y que sí sé qué es. Si andas viendo, están todas juntas en su categoría.

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Lo que de verdad las separaba

Yo iba pensando que la diferencia entre una tienda y otra iba a ser el catálogo. Cuántas cosas tienen, qué marcas manejan. Me equivoqué.

La diferencia era cuánto te dejan pensar. En la primera no me dejaron: cada respuesta abría un producto nuevo. En la segunda no había con quién pensar. En la tercera me dejaron voltear frascos, oler cuatro aceites y decir «déjame ver» sin que nadie se me parara enfrente.

Y eso, en esto, pesa más que en cualquier otra tienda. Nadie entra a comprar un lubricante con la seguridad con la que entra a comprar unos tenis. Vas con algo de pena aunque no quieras, aunque tengas treinta y uno y vendas esto para vivir. La tienda que te deja tomarte tu tiempo es la que se queda con el cliente.

Cómo lo haría la próxima vez

No volvería a recorrer tres a ciegas. Perdí toda la tarde y dos de las tres no valían el viaje. Lo que sí haría:

  • Ver antes qué hay en la ciudad. Nombre, dirección, si atienden al público. Cinco minutos sentada valen más que dos horas manejando.
  • Marcar y hacer una sola pregunta. «¿Me pueden decir el material de X?». Si contestan sin titubear, vale la pena ir. Si te dicen «venga y le explico», ya sabes cómo va a ser.
  • Llevar el precio de referencia en el teléfono. No para regatear, sino para saber si trescientos noventa es caro o es lo normal ahí.
  • Comprar en persona solo lo que se huele, se toca o se prueba. El resto lo lees con calma y lo pides.

Para lo primero armamos el directorio del sitio, que está por estado y por ciudad: puedes ver qué hay en Puebla, en Querétaro, en Mérida o en León, y cada tienda trae su ficha con dirección y contacto para que marques antes de agarrar el coche.

De la tarde en Puebla salí con un lubricante, un aceite de almendras y una vela de cacao que compré nada más porque olía a chocolate de verdad. Los tres de la misma tienda: la fea, la de la luz de papelería.

Sigo pensando en la señora del centro diciéndome «todos son». No me dio coraje ella. Me dio coraje pensar en cuánta gente le compra y se va contenta creyendo que preguntó.

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