Sexting con tu pareja: lo que hay que acordar antes de darle enviar
· Soy Penélope
La primera foto de ese tipo la mandé a los diecinueve años. El novio que tenía entonces se había ido a estudiar a Guadalajara, llevábamos nueve días sin vernos y la plática de esa noche se puso buena. Le tomé la foto, la vi como veinte segundos, y le di enviar antes de arrepentirme.
Luego no dormí. No por lo que decía la foto: por la pregunta que me hice a las dos de la mañana, ¿y si eso se sale de mis manos? Al día siguiente, todavía con el susto, hice lo que debí hacer antes de la foto y no después: sentarme a pensar reglas. Doce años después sigo usando las mismas, ahora con mi pareja de hoy.
Qué es esto y quién lo hace
La palabra viene de juntar sex y texting: mandarse mensajes, fotos o videos subidos de tono. El rango es enorme, desde un mensaje coqueto hasta una foto sin ropa, y meterlos a todos en la misma bolsa es el primer error.
Y no, no es cosa de chavitos. Los estudios en Alemania —donde esto se ha medido bien— encuentran gente dispuesta a hacerlo en toda la franja de los 14 a los 64 años. Entre los 14 y los 35 es más común, y también es donde más se reportan delitos de este tipo en línea. Los hombres se animan un poco más que las mujeres.
Lo digo por una razón: si crees que esto solo pasa entre adolescentes, no vas a poner las reglas que sí necesitas.
Lo que sí da, y por eso lo seguimos haciendo
La distancia deja de doler tanto. Esa es la primera. Nueve días son muchos y un mensaje a las once de la noche los hace más cortos.
La segunda me sorprendió más: escribiendo digo cosas que de frente no me salen. Sin que me vea la cara, con tiempo para borrar y volver a escribir, se me quita la pena. Varias cosas que ahora hacemos empezaron como un mensaje que no me hubiera atrevido a decir en la cama.
Y la anticipación, que es la mejor parte y la más barata. Un mensaje a media tarde y el resto del día ya no es el mismo día.
Mis reglas para la foto
Salieron de esa noche sin dormir. No son morales, son prácticas:
- La cara no sale. Ni media, ni de perfil, ni en el espejo del baño con el celular tapándome.
- Ni los tatuajes, ni el lunar del hombro, ni el anillo de mi abuela. Todo eso identifica igual que la cara.
- El fondo tampoco. La cocina de mi casa se reconoce, y la foto en el trabajo ni de broma.
- Nada de la primera vez con alguien que apenas conozco. La confianza se gana antes, no se supone.
- Si estoy tomada, no. Esa regla la puse después de estar a punto de romperla.
Con esas reglas la foto sigue siendo caliente. Lo que deja de tener es tu nombre pegado.
La pregunta de dos palabras que casi nadie hace
«¿Te mando?»
Eso es todo. Preguntar antes. Porque una foto que llega sin avisar puede caerle a alguien en una junta, frente a su mamá o en un día en el que no tenía nada de ganas. Mandar sin permiso no es atrevido, es imponerle algo a alguien, y del otro lado se siente feo aunque venga de quien quieres.
Y funciona en los dos sentidos: si te dicen que hoy no, es hoy no. Sin insistir y sin cara. De cómo se hablan estos temas sin que suene a reclamo escribí un artículo completo, porque es la parte que más cuesta.
Tu teléfono te delata solo
Esto es lo que más gente ignora y lo que más problemas causa. No hace falta que nadie te traicione: el teléfono reparte tus cosas por su cuenta si lo dejas.
- El respaldo automático. Todo lo que llega a tu galería sube a la nube, y esa cuenta a veces está abierta en la tablet de la casa o en la compu del trabajo.
- Los álbumes compartidos. Hay quien tiene uno con la familia y no se acuerda.
- La vista previa en pantalla bloqueada. Llega el mensaje y se ve solo, en la mesa, con quien sea enfrente.
- Las capturas. Ninguna app las impide de verdad; el modo «se ve una vez» ayuda, no protege.
Diez minutos de acomodar eso valen más que todas las precauciones del mundo.
Cuando la distancia se alarga: del mensaje al juguete
Después de una semana, los mensajes solos se cansan. Ahí es donde entran los juguetes que se manejan a control remoto, y conviene saber que hay de dos tipos y no son lo mismo:
Los de control remoto, que traen su propio mando y funcionan cuando los dos están en el mismo lugar. Son los que tenemos y los que a mí me parecen más honestos por el precio: una braga vibradora que él maneja desde la otra punta del restaurante, una bala con control o una cápsula recargable para la película del domingo. Nada de esto es para la distancia: es para la salida en la que él decide y tú aguantas la cara seria.
Los que se manejan por app sí funcionan de una ciudad a otra, y ahí te pido la única precaución del artículo que es de tecnología: son aparatos conectados a internet. Revisa qué permisos pide la aplicación y con qué cuenta te registras, porque no todas las marcas se han portado bien con los datos de sus clientes.
Y si la foto es parte del asunto, un bralette bonito hace más por una foto que cualquier filtro — de eso va también este artículo sobre lencería. Con la cara fuera del cuadro, claro.
Si alguien te amenaza con difundirlas
Esta parte va en serio y no la voy a suavizar.
En México, desde la Ley Olimpia, difundir imágenes o videos íntimos de alguien sin su permiso es un delito, no una travesura ni «se le pasó la mano». Se llama violación a la intimidad sexual, está tipificado en todo el país —las penas cambian según el estado, en general andan por los tres a seis años— y también castiga a quien las reenvía.
Si te está pasando:
- No pagues. Nunca es una vez: quien cobra una vez vuelve.
- Guarda todo. Capturas de las amenazas, el perfil, los números, las fechas. Eso es la prueba.
- No borres la conversación aunque den ganas de no volver a verla.
- Denuncia. Hay policía cibernética y fiscalías con área para esto, y no necesitas que la foto ya se haya publicado para levantar la denuncia.
- Cuéntaselo a alguien. El chantaje vive del silencio; en el momento en que otra persona lo sabe, pierde la mitad de su fuerza.
Y que quede clarísimo: si te pasó, la culpa no es tuya por haber mandado la foto. Es del que la difundió. Mandarle una foto a tu pareja no es una imprudencia — traicionar esa confianza sí es un delito.
Lo otro que no se negocia: nunca con menores de edad, ni recibirlas ni guardarlas ni reenviarlas, aunque te las manden por su voluntad. Eso deja de ser sexting y se llama pornografía infantil, con todo lo que eso significa.
Con quién sí y con quién no
Después de todo esto la pregunta se vuelve fácil. Yo lo hago con alguien que ya me demostró que respeta un no en cosas chiquitas: cuando le digo que hoy no tengo ganas de salir, cuando le pido que no cuente algo mío.
El que insiste, el que hace berrinche, el que dice «si me quisieras me la mandarías» — ese ya te dijo todo lo que necesitabas saber, y no era sobre fotos.
Lo que me quedó
Que la foto no era el problema. El problema es mandarla sin haber pensado nada de esto, que fue exactamente lo que hice yo esa noche.
Seguimos haciéndolo, por cierto. Con la cara fuera, con las nubes apagadas y con la pregunta de dos palabras. Y la verdad, así hasta se disfruta más: se te va la pena y no te queda el pendiente.