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Sextalk: por qué el buen sexo casi siempre empieza hablando

· Soy Penélope

Sextalk: por qué el buen sexo casi siempre empieza hablando

Con mi pareja podíamos pasar una noche entera sin decirnos gran cosa y entendernos perfecto. Pero bastaba con que yo intentara decir oye, me gustaría probar algo para que se me trabara la lengua como si estuviera confesando un delito. Nos salía más fácil hacerlo que nombrarlo, y durante años pensé que así estaba bien.

No estaba bien. Estaba cómodo, que es otra cosa. Escribo esto porque la plática que más miedo me daba terminó siendo la que más cambió lo que pasa entre nosotros.

Por qué se nos traba la lengua

A mí me educaron para que el sexo se entendiera solo. Como si pedir algo fuera admitir que lo que había no bastaba, y como si una pareja de verdad adivinara. Le sumas la vergüenza de decir en voz alta palabras que nunca has dicho en voz alta, y ya está armado el nudo.

Hay algo más, y es lo que más pesa: el miedo a la cara que va a poner el otro. No a que te diga que no. A ese medio segundo de sorpresa que uno lee como asco aunque no lo sea. Yo me guardé cosas dos años por un gesto que probablemente ni existió.

Hablar de sexo no es hablar cochino

Cuando alguien dice sextalk lo primero que se imagina medio mundo es un audio subido de tono a las once de la noche. Eso es otra cosa, y también está bien, pero no es de lo que hablo.

Me refiero a la plática aburrida: qué me gusta, qué no, hasta dónde sí, qué me da curiosidad y qué me da flojera. Sin ropa interior de por medio y sin que nadie esté excitado. La primera vez que la tuvimos fue lavando trastes y créeme que no tenía nada de sexy. Sirvió justo por eso.

El peor lugar para esa plática es la cama

Yo lo intenté ahí y me salió mal las dos veces. En la cama, cualquier comentario suena a evaluación. Si lo dices antes, parece instructivo; si lo dices después, parece queja; si lo dices a media hora, cortas todo.

Lo que sí me funcionó: el coche, la cocina, caminando. Lado a lado y no de frente, sin tener que sostener la mirada. Suena a tontería y hace toda la diferencia: cuesta menos decir algo incómodo cuando no tienes que ver la reacción en tiempo real.

Y otra regla que aprendí a la mala: nunca después de un pleito. Ahí no estás hablando de sexo, estás cobrando facturas.

Cómo la empecé, sin que sonara a reclamo

Mi error de siempre era arrancar por lo que faltaba. Nunca me…, ya casi no…. Nadie recibe bien una frase que empieza así, por muy cierta que sea.

Lo que cambió todo fue empezar por algo que sí pasó:

  • «Me acordé de aquella vez que…» — el otro baja la guardia porque estás contando algo bueno, no pasando lista.
  • «¿Te digo algo que me da pena decirte?» — avisar que viene algo incómodo hace que se reciba como confidencia y no como ataque.
  • «¿A ti qué te gustaría probar?» — preguntar primero. Casi siempre el otro trae su propia lista guardada y nunca ha tenido dónde soltarla.

La primera vez que pregunté eso último, mi pareja tardó como un minuto en contestar. Un minuto de silencio es larguísimo. Aguántalo. Lo que salió después valió cada segundo.

Los límites no son una lista de prohibiciones

Yo llegaba a esa parte con culpa, como si decir eso no fuera quitarle algo al otro. Lo veo al revés desde hace rato: saber dónde está la raya es lo que permite moverse tranquila adentro. Sin eso, uno anda midiendo todo el tiempo y así no se disfruta nada.

Dos cosas que me sirvieron. La primera, distinguir el no del hoy no: no es lo mismo algo que no va contigo que algo que ese día no te late. La segunda, que los límites se mueven. Cosas que hace tres años ni de broma, hoy me gustan; y al revés también. Preguntar otra vez cada tanto no es inseguridad, es que la gente cambia.

Si van a probar algo donde uno pierde el control de la situación —un antifaz, por ejemplo—, esa plática va antes y con una palabra acordada para frenar. No arruina la sorpresa. La hace posible.

Cuando el otro se cierra

Pasa, y no siempre significa lo que uno cree. A veces el no sé, está bien así es que no tiene las palabras, no que no tenga ganas. A mucha gente nunca le preguntaron nada de esto en su vida.

Ahí bajé la vara: en lugar de pedir un discurso, pedí un sí o un no. ¿Esto te gusta más que aquello? Se contesta con una palabra y no obliga a nadie a explicarse. De ahí para adelante ya se suelta solo.

Lo que no hago es insistir el mismo día. Si veo que se incomoda, lo dejo, y lo retomo en otra semana. Empujar una plática de éstas la convierte justo en lo que nadie quiere que sea.

Tres cosas que me destrabaron la lengua

Poner un juego en medio. Cuando la conversación de frente no sale, un pretexto ayuda. Nosotros usamos unos dados de juego previo y funcionaron por una razón boba: si lo dijo el dado, no lo pediste tú. Esa tontería le quita la pena a la primera vez, y ya después uno pide sin dado.

Del 1 al 10. Para lo que da pena nombrar, números. Le mando «lo de anoche, ¿en cuánto?» y me contesta un 7. Y luego, la buena: ¿qué le faltaba para ser 9? Ahí sale la información que de otro modo no sale nunca.

Por escrito. Hay cosas que me salen mejor tecleando que hablando, y no me da pena admitirlo. Un mensaje a media tarde llega sin cara y sin silencio incómodo. Lo mismo con las señales del cuerpo: llevar la mano a donde quieres que esté es un mensaje, y de los claros.

Lo que se dice sin adornos, se resuelve

Dos ejemplos de lo mismo. Me costaba decir que a veces necesito lubricante, porque lo leía como «no me estás gustando lo suficiente». No es eso: el cuerpo responde a los nervios, al ciclo, al cansancio y a diez cosas más. Decirlo en voz alta tomó cuatro segundos y resolvió algo que llevaba meses.

El otro fue el juguete. Yo pensaba que ponerlo sobre la mesa iba a sonar a que hacía falta alguien más eficiente. Lo que pasó fue lo contrario: dejó de ser un tema pendiente y se volvió una cosa más de las que usamos, como el aceite de masaje las noches en que ninguno de los dos trae prisa.

Lo que me quedó

Que la plática no es el trámite antes del sexo. Es parte del sexo. Después de un tiempo dejé de sentirla como examen y empezó a parecerse a lo que es: dos personas poniéndose de acuerdo sobre algo que quieren.

Y si hoy la idea de abrir la boca te da más angustia que curiosidad, no la fuerces. Empieza por una frase, una sola, la más chiquita que se te ocurra. Con eso alcanza para que la siguiente cueste menos.

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