Sex shop cerca de mí: lo que me encontré cuando lo busqué de verdad
· Soy Penélope
La noche que lo busqué en serio
Un viernes, casi las nueve. Se nos había acabado el lubricante y ninguno de los dos se había acordado de comprarlo. Agarré el teléfono y escribí lo que escribe todo el mundo: sex shop cerca de mí.
No es la primera vez que lo busco. Pero sí fue la primera vez que en lugar de rendirme al segundo resultado, me puse a revisarlos todos. Tenía curiosidad de saber qué tan cierto es lo que sale ahí. Manejo una tienda en línea, o sea que del otro lado del mostrador me la sé; lo que no sabía era cómo se ve todo esto desde el teléfono de alguien que nada más quiere resolver un viernes.
Salieron cuatro. De los cuatro, uno servía.
Lo primero que sale no siempre es lo que hay
El mapa te acomoda los negocios por cercanía y por reseñas, no por si están vivos. Eso es lo que nadie te dice. Un local puede llevar tres años cerrado y seguir apareciendo bonito, con sus estrellitas y su horario.
Y hay otra cosa: en esto, mucha gente no reseña. Aunque le haya encantado la tienda, no va a dejar una opinión con su nombre y su foto de perfil diciendo qué compró. Así que las calificaciones que ves son de poquísima gente, y a veces son de conocidos del dueño. Cuatro punto ocho con nueve reseñas no significa nada.
El primero ya no existía
El más cercano, a ocho minutos. Última reseña: 2019. Fui de todos modos porque me quedaba de pasada.
Es una estética. Lleva años siendo una estética. La muchacha que barría afuera me dijo que sí, que antes ahí había una tienda de esas, pero que ella tiene cuatro años trabajando ahí y ya estaba así.
Perdí veinte minutos. Y los perdí por no haber visto la fecha de la última reseña, que estaba ahí, a la vista, arriba de todo.
El segundo era bodega
Este tenía buena pinta en la foto: anaqueles llenos, mucho producto. Marqué antes de moverme, porque ya había aprendido.
Contestó un señor amable que me explicó que ellos son distribuidores. Venden por caja, mínimo doce piezas, y solo a negocios con RFC. No atienden a nadie que llegue a comprar una cosa.
Nada malo con eso, es un negocio legítimo. Pero en el mapa se veía igualito a una tienda. Si hubiera llegado sin marcar, me dan las diez de la noche parada en un portón.
El tercero fue el que no me atreví
Una casa. Cortina metálica abajo, un timbre, y en el mapa el nombre del negocio con una foto que claramente no era de ahí.
No toqué. Y lo digo sin pena: iba sola, era de noche, y no me latió. No estoy diciendo que fuera peligroso ni que estuvieran haciendo algo raro; a lo mejor es un señor que vende desde su casa y le va bien. Pero si algo no te da confianza, no te tiene que dar confianza. No le debes una visita a nadie.
El cuarto sí valió el viaje
Local chico dentro de una plaza, en planta baja, con vitrina a la vista. Luz blanca, piso limpio, todo con su caja y su precio puesto.
Atendía una señora de unos cincuenta que ni me miró raro ni me quiso vender de más. Le pregunté por el lubricante base agua y me contestó lo que quería oír: que ese sí se puede usar con condón, que el de silicón también, y que el aceite no —que el aceite se lleva mal con el látex y lo debilita—. No me lo estaba inventando yo: me lo dijo ella antes de que yo preguntara.
Esa es la diferencia. No es el tamaño de la tienda ni cuántas cosas tenga colgadas. Es si quien atiende sabe lo que vende.
Lo que ahora reviso antes de moverme de mi casa
Son cinco minutos y te ahorran la vuelta:
- La fecha de la última reseña. Si es de hace más de un año, probablemente ya no existe.
- Fotos del interior, no del logo. Si todas las fotos son de productos sueltos o del letrero, casi siempre es venta desde casa o bodega.
- Marcar antes. La pregunta que lo resuelve todo: «¿venden al público en el local?». En treinta segundos sabes si vas o no.
- Que haya horario y que el horario tenga sentido. «Abierto 24 horas» en un local de plaza es que nadie ha actualizado nada.
- Ver si el precio está a la vista. Donde no hay precios puestos, el precio te lo ponen a ti.
Si quieres saltarte esa parte, en el sitio tenemos el directorio ordenado por estado y ciudad: puedes ver qué hay en la CDMX, en Guadalajara o en Monterrey, y cada tienda tiene su ficha con dirección y contacto para que marques antes en lugar de llegar a ciegas.
Qué compré ese día y qué no
Compré el lubricante, que era a lo que iba. Y unos condones, porque ya estaba ahí.
Vi también una vela para masaje que me gustó y que sí me llevé, porque esa es de las cosas que está bien comprar viendo: quieres olerla antes.
Lo que no compré ahí fue el juguete. Había una bala vibradora en el mostrador, sin caja, y cuando pregunté de qué material era, la señora —que de lubricantes sí sabía— me dijo «es de silicón» de una manera que no me convenció. Costaba casi el doble de lo que cuesta pedirla. Ese lo dejé pasar.
Cuándo sí conviene ir y cuándo mejor lo pides
No voy a decirte que nunca vayas a una tienda, sería mentira y además vendo en línea, o sea que ya sabes para dónde jalo. Te lo pongo como lo pienso yo:
Ir vale la pena cuando lo necesitas hoy, cuando es algo que quieres oler o sentir el peso —aceites, velas, velas, lencería— o cuando de plano prefieres preguntarle a una persona de frente.
Pedirlo conviene cuando quieres comparar precio sin que nadie te vea la cara, cuando te importa saber de qué está hecho —eso viene escrito en la ficha, no depende de la memoria de quien te atienda— o cuando el catálogo de la tienda de tu colonia son ocho cosas colgadas.
Si es tu primera compra y no quieres pensarle tanto, hay un kit de primera experiencia que trae lo básico junto y sale más barato que armarlo pieza por pieza. Es lo que le recomiendo a las amigas que me preguntan y no saben ni por dónde empezar.
Si vas a ir, ve así
Lleva efectivo, porque hay locales chicos que no tienen terminal o que «hoy no sirve». Ve con tiempo, no cinco minutos antes de que cierren, porque la prisa es la que hace que te lleves cualquier cosa. Y pregunta el material aunque sientas que estás molestando: silicón médico, TPE o plástico duro no son lo mismo, y quien vende bien te lo contesta sin titubear.
Ah, y una cosa que a mí me costó entender: no tienes que comprar nada. Puedes entrar, ver, decir gracias y salirte. Nadie te va a correr atrás.
Ese viernes acabé con mi lubricante, mi vela y veinte minutos perdidos en una estética. Valió la pena nada más por saber cuál de los cuatro sí era. Ahora, cuando busco sex shop cerca de mí, ya sé qué mirar antes de agarrar las llaves.