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Frases para ligar que sí funcionan (y las que ignoro sin abrir)

· Soy Penélope

Frases para ligar que sí funcionan (y las que ignoro sin abrir)

Un domingo en la noche me puse a contar los mensajes sin abrir que tenía en la app: cuarenta y tres. Contesté dos. No fue por creerme la gran cosa —los dos que contesté ni eran los más guapos—, fue porque los otros cuarenta y uno decían exactamente lo mismo: «hola», «hola bonita», «hola guapa cómo estás».

Y luego me tocó del otro lado. Un tipo del gimnasio me gustaba desde hacía semanas y cuando por fin lo encontré solo, junto a la máquina de agua, se me fue todo. Le dije «qué calor, ¿no?». En un gimnasio. Con aire acondicionado. Así que esto lo escribo con conocimiento de causa por los dos lados.

Por qué el «hola» se muere solo

Un «hola» no es grosero. El problema es otro: no me deja nada a qué contestar. Todo el trabajo queda de mi lado, y a las once de la noche, cansada, no tengo ganas de inventarle una conversación a un desconocido.

Por eso la frase que sirve casi nunca es la más ingeniosa. Es la que se puede contestar sin pensarle. Una pregunta chiquita, concreta, de algo que yo puse ahí a propósito. Si me escribes de la foto donde salgo con mi perro, ya sabes que voy a contestar: de mi perro hablo con quien sea.

Dicen que hacer reír a alguien te hace ver más confiable. No necesito el estudio, me pasa: al que me sacó una risa a las once de la noche le contesté aunque tenía sueño.

Los dos que sí contesté esa noche

El primero: «Perdón, necesito una opinión imparcial. Mi amigo dice que los tacos de canasta son comida de verdad. Yo digo que son un vicio. Tu respuesta define esta amistad.» Tonto, sí. Pero se contesta en cuatro segundos y yo tenía una opinión muy firme.

El segundo no tenía nada de chistoso: «Vi tu foto en Real de Catorce. Voy en diciembre y no sé si vale la pena subir a pie. ¿Tú lo hiciste?» Ese me gustó porque había visto mi perfil. No me estaba escribiendo a mí como podría escribirle a veinte más.

Ahí está la única regla que he sacado en claro: si tu mensaje le serviría igual a cualquier otra persona, se nota. Se nota muchísimo.

La fórmula, si es que hay una

Cuando me toca escribir primero uso siempre lo mismo, y no falla tanto: algo que vi de ti + una pregunta que se conteste en un renglón + algo mío para que no parezca interrogatorio.

Ejemplo real, mío, de hace un mes: «Traes una foto en un concierto de Caifanes. Yo llevo tres años intentando ir y siempre me quedo sin boletos. ¿Estuvo tan bueno como dicen o me estoy haciendo ilusiones?» Contestó en dos minutos y de ahí salió la primera cita.

Para las apps: Tinder, Bumble y las que sigan

En apps el primer mensaje se escribe mirando su perfil, no la plantilla que te sabes de memoria. Cuatro que a mí me han funcionado o me han funcionado encima:

  • «Dos verdades y una mentira, empiezo yo: odio el cilantro, sé andar en patineta y una vez me perdí en Oaxaca dos días. ¿Cuál es la mentira?» — se contesta jugando, y ya hay tema para tres mensajes.
  • «Tu playlist dice mucho de ti y no sé si para bien. Explícame la canción número tres.»
  • «Te voy a ser honesta: no se me da esto de escribir primero. Pero tu foto con el pastel casero me ganó. ¿Lo hiciste tú o presumes ajeno?»
  • «Necesito un plan para el domingo que no sea Netflix. Tú te ves como alguien con opciones.»

Lo que tienen en común: ninguna habla de mi cuerpo, ninguna pide nada y todas se pueden contestar con una sola línea.

En la fiesta o en el bar se liga antes de hablar

En persona la frase importa menos de lo que crees. Antes de que abras la boca ya se decidió media cosa: si te sostuvo la mirada tres segundos y volvió a buscarte después, hay puerta. Si volteó y no regresó, no hay frase que arregle eso.

Y ya de cerca, lo que sirve es lo obvio: comentar lo que les está pasando a los dos. La canción, la fila eterna de la barra, el amigo que baila raro. «Llevo diez minutos en esta fila, si sobrevivo te invito una.» Nada más. Y decir tu nombre, que se nos olvida siempre.

La parte que casi nadie hace y a mí me parece la más importante: dejar la salida fácil. Si contesta corto y voltea a otro lado, un «órale, que la pases bien» y te vas. Ahí ganas más que insistiendo, te lo juro.

En el súper, el gimnasio, la calle: una vez y ya

Aquí sí hay que decirlo claro, porque me ha tocado lo feo. La señora del súper no salió de su casa a ligar. Se vale intentar, pero una vez, con la voz normal, y aceptando el no a la primera.

El piropo a gritos desde la banqueta no liga: asusta. Y el que te sigue tres pasillos «nada más para platicar» tampoco. En cambio «disculpa, ¿de casualidad sabes cuál de estos vinos no es un fraude? Me da pena preguntarle al de la tienda» es una conversación normal entre dos personas paradas frente al mismo estante. Si se ríe, sigue. Si contesta y se va, ya sabes.

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Lo que me apaga en un segundo

De esto no se habla y debería. Lo que me hace cerrar la app:

  • Hablar de mi cuerpo antes de saber mi nombre. No es atrevido, es incómodo.
  • El «hola» otra vez a los tres días, y luego el «¿tan ocupada?». Mi silencio ya era la respuesta.
  • El audio de tres minutos de entrada. Ni a mi mamá le contesto esos.
  • «No eres como las demás». No me conoces y ya estás hablando mal de otras.
  • Insistir después del no. Ahí se acabó lo divertido para todos.

Del mensaje a verse (que es de lo que se trata)

El error que más veo: chatear tres semanas. Se gasta todo ahí y cuando por fin se ven, ya no hay nada que contarse y el de la vida real nunca se parece al de los mensajes.

A los tres o cuatro días de estar escribiéndose, algo corto y concreto: un café el jueves a las siete. Corto a propósito, porque si va mal se acaba en cuarenta minutos y si va bien se estira solo.

De regalo en esa primera cita yo no llevaría nada de la tienda —eso es para después, y de eso ya hay una lista completa aquí—. Perfume sí me pongo, y desde hace rato uso unas gotas de feromonas con el mío. No hace magia ni hipnotiza a nadie, que quede claro. Huelo distinto y salgo más segura, y la seguridad sí liga: eso lo he comprobado más veces que cualquier frase.

Cuando la conversación ya se mudó a tu casa

Adelanto varias citas. Cuando ya hay confianza y llega la noche en que los dos saben para qué se quedaron, vuelve la misma torpeza del primer mensaje: nadie sabe cómo empezar. A nosotros nos sacó del atorón una tontería: los dados de juego previo. Lo que sale, sale. Si lo dijo el dado, no lo pediste tú, y esa tontería quita más pena que media botella de vino.

Lo otro que ayuda es la luz. El foco del techo no ha ayudado a nadie en la historia: una vela para masaje —que se derrite y se vuelve aceite— o un aceite de almendras para empezar por las manos y sin prisa. Empezar por ahí también es una frase de arranque, solo que sin palabras.

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Lo que me quedó

Que la frase no liga. La frase abre la puerta y ya, y se cierra igual de rápido si atrás no hay nadie interesante. Lo que liga es lo que dices en el mensaje número cuatro, cuando ya no hay nada preparado.

Y que la mejor de todas las que me han escrito no era ingeniosa ni traía chiste: «oye, me da pena escribirte, pero me quedé pensando en lo que dijiste ayer». Sin ingenio. Con verdad. Con esa me casé, casi.

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