Menos sexo con los años: por qué casi nunca es mala señal
· Soy Penélope
Mi mamá me dijo una cosa el año pasado, lavando trastes, sin voltear a verme: «tu papá y yo ya casi no, y estamos bien». Lo soltó como quien avisa que se acabó el jabón. Yo me quedé con el trapo en la mano sin saber qué contestar.
Llevan treinta y cuatro años juntos. Y yo, que llevo nueve con el mío y ya venía contando en silencio —antes cada tercer día, ahora un fin de semana sí y el otro no—, me fui a dormir pensando lo que piensa todo el mundo: ¿eso es el final o eso es lo normal?
Lo que encontraron en 150 parejas de treinta y un años
Resulta que sí hay quien lo estudió. Un equipo de dos universidades alemanas —la Técnica de Braunschweig y la de Kassel— revisó los datos de un estudio largo, de esos que siguen a la gente durante años, con 150 parejas que llevaban en promedio 31 años viviendo juntas. Ellas rondaban los 54 años, ellos los 56.
Lo que salió fue esto: dejar de tener relaciones no las hacía infelices. Con una condición, y en esa condición está todo lo importante: que los dos estuvieran de acuerdo. Que fuera una calma compartida y no la decisión callada de uno que el otro está aguantando.
Y algo más que a mí me quitó un peso de encima: la frecuencia baja desde el principio. Ya en el primer año juntos se parte a la mitad, y veinte años después se vuelve a partir. No es que a ustedes les esté pasando algo raro. Le pasa a todos y empieza mucho antes de lo que uno cree.
Por qué suenan las alarmas
Porque nadie nos contó esto. Lo que nos contaron fue lo otro: que el deseo se mantiene solo si hay amor, y entonces si baja el deseo lo que falla es el amor. De ahí sale el brinco que hacemos todos en dos segundos — ya no me desea, debe haber alguien más, esto se acabó y todavía no me entero.
Yo lo hice. Meses. Y no le dije nada, que es la parte tonta: llevaba una contabilidad secreta de algo que se arreglaba preguntando.
La pregunta que sí importa
No es cuántas veces al mes. Es esta: ¿los dos están tranquilos con como están, o uno se está aguantando?
Ahí está la diferencia entre las parejas del estudio que estaban bien y las que no. No en el número. En si el número era un acuerdo o era una herida que nadie nombró. Una pareja que hace el amor una vez cada tres meses y está de acuerdo está mejor que una que lo hace cada semana con uno de los dos cumpliendo.
Preguntarlo cuesta, ya sé. A mí me tomó dos semanas juntar valor y lo solté mal, un martes, lavándonos los dientes. Aun así fue mejor que los meses que llevaba sin decir nada. De cómo se saca ese tema sin que suene a reclamo escribí todo un artículo, porque no es fácil y hay maneras que funcionan mejor que otras.
Lo que no baja: la piel
Esto es lo que más me sorprendió de ver a mis papás con otros ojos. Casi no tienen relaciones, y son la pareja que más se toca de todas las que conozco. Él le pone la mano en la espalda cuando pasa por atrás de la silla. Ella le acomoda el cuello de la camisa aunque esté bien.
La cercanía no se fue con la frecuencia, se mudó de lugar. Y eso sí hay que cuidarlo, porque cuando una pareja deja de tener relaciones y además deja de tocarse, ahí sí hay algo que atender.
En mi casa lo que nos ayudó fue quitarle el examen final al asunto: tocarnos sin que tenga que terminar en algo. Media hora, una vela para masaje de esas que se derriten y se vuelven aceite tibio, o un aceite y la espalda. Con el acuerdo dicho en voz alta de que si no pasa nada más, no pasa nada. Las primeras veces se siente rarísimo. Como a la tercera dejas de esperar el «y ahora qué».
Cuando el cuerpo cambia y nadie lo dice
Otra cosa que se calla y hace daño: a los cincuenta y tantos el cuerpo no funciona igual y casi nadie lo platica. A ellas les cambia la lubricación —la menopausia hace lo suyo y no es que el deseo se haya ido—; a ellos les cambia la erección, y si además hay presión alta o medicamentos de por medio, más.
Eso se acomoda con dos cosas normales, no con resignación. Un lubricante —a base de agua, que es el que no pelea con el condón ni con nada— para que la sequedad deje de decidir si hay o no hay. Y para ellos, cosas como un anillo, que ayudan justo con lo que se vuelve trabajoso.
Y una línea que va en serio: si la erección se fue de golpe, o si hay dolor, eso es de médico. La disfunción eréctil suele ser el primer aviso de algo del corazón, y ese aviso llega años antes que el infarto. Ir no le quita hombría a nadie: le quita sustos.
Lo que sí sería mala señal
Que no todo es «tranquila, es normal». Hay veces que la baja sí está diciendo algo, y se distingue:
- Que uno de los dos esté aguantándose y no lo diga. Ahí no hay acuerdo, hay resignación de un lado.
- Que dejaran de tocarse por completo — y no nada más de tener relaciones. Vivir como dos compañeros de departamento educados.
- Que el tema esté prohibido. Si sacarlo arma pleito o silencio, el problema ya no es la cama.
- Que cayó de golpe, de un mes a otro, sin nada que lo explique. Eso no es el paso de los años: es otra cosa, y vale la pena mirarla.
Lo que hicimos nosotros
Dejamos de comparar con nosotros mismos de hace nueve años. Esa comparación no la gana nadie, porque del otro lado están dos personas que apenas se conocían y no tenían nada más en la cabeza.
Y le pusimos día. Suena a lo menos romántico del mundo y funcionó: los viernes él llega temprano y no hay pendientes. No es que los viernes haya que hacer algo — es que los viernes hay tiempo. La mitad de las veces terminamos viendo una película pegados. La otra mitad, no.
Lo que me quedó
Que mi mamá no me estaba dando una mala noticia en la cocina. Me estaba diciendo, a su modo, que llevan treinta y cuatro años y siguen del mismo lado.
Que la cuenta que yo llevaba en la cabeza no medía nada. Y que la pregunta buena, la única, es si los dos están tranquilos o si alguien se está callando algo. Esa sí se puede contestar hoy, y la respuesta no está en el calendario.