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¿Por qué el sexo normal se siente aburrido? Lo que la pantalla le hace a la cabeza

· Soy Penélope

¿Por qué el sexo normal se siente aburrido? Lo que la pantalla le hace a la cabeza

Me tocó del otro lado y tardé en entenderlo. Estábamos bien: nos gustábamos, había ganas de estar cerca, el sexo era lento y cariñoso. Y aun así, a media noche, él estaba ahí y no estaba. El cuerpo a medias, la cabeza en otro lado. Yo entendí lo único que se entiende en ese momento: que ya no le gustaba.

No era eso. Me lo dijo semanas después y le costó un mundo: «lo que hacemos está bien, pero yo no siento casi nada». Llevaba desde los catorce años viendo pornografía todos los días, a veces varias veces al día.

Lo que años de pantalla le hacen a la cabeza

No hace falta ser experta para verlo: el cuerpo se acostumbra a lo que le das. Si durante quince años lo que le diste fue un estímulo altísimo, sin pausas, siempre nuevo, eso se vuelve la vara. Lo que se siente frente a la pantalla pasa a ser lo normal, y todo lo demás queda pálido al lado.

Y como queda pálido, se necesita más. Más fuerte, más raro, más rápido. No porque uno sea un degenerado: porque el nivel se subió solo, poquito a poquito, sin que nadie se diera cuenta.

Una persona no compite contra estímulos infinitos

Frente a la pantalla siempre hay otra cosa. Otra escena, otra categoría, otra persona, otro click. Es infinito y siempre es nuevo.

En la cama hay una sola persona, con su cuerpo, su ritmo y su olor. Y esa persona no puede ganarle a algo que nunca se acaba. Ponerlos a competir es tramposo, y quien pierde siempre es la que está ahí de carne y hueso — te lo digo yo, que fui la que estaba ahí.

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El error: pensar que falta más

Aquí es donde casi todos se equivocan de camino, y nosotros también. Si no se siente nada, uno cree que hay que subirle: más brusco, más rápido, más variedad, probar algo extremo a ver si así.

Cuando el problema es que ya casi no sientes, más estímulo no te devuelve la sensibilidad: te la quita más. Es como subirle a la música porque no oyes bien. Un rato funciona y al mes ya no.

Lo que sí funciona es lo contrario, y suena aburrido: bajarle. Darle tiempo a la cabeza de que se le olvide la vara.

Lo que nos funcionó a nosotros

Cortarle a la pantalla un rato. No para siempre ni con culpa de por medio, y él no dejó de verla de un día para otro. Pero pasar de todos los días a un par de veces al mes cambió algo en cosa de semanas.

Empezar por las manos y sin prisa. Nos volvimos a lo lento a propósito: un aceite de masaje y media hora sin que tuviera que pasar nada más. Las primeras veces fue raro y hasta incómodo. Como a la cuarta dejó de serlo.

Sin celular en el cuarto. Suena a consejo de revista y fue de las cosas que más se notaron.

Nada de examen. La regla fue que si esa noche no pasaba nada, no pasaba nada. Ninguno de los dos preguntaba después. Esa regla le quitó más presión que cualquier otra cosa.

Y algo que sí ayudó cuando el cuerpo empezaba a responder pero se atoraba: un lubricante y una vela para masaje para bajarle a la luz. No para subirle al estímulo — para que nada saliera mal por una tontería.

Lo que no es

Que quede claro, porque de esto se hacen muchos dramas:

  • No es que no te quiera. Yo pensé eso meses y estaba equivocada.
  • No es que sea un pervertido. Es una costumbre que se le fue de las manos empezando de niño.
  • No es que esté roto para siempre. El cuerpo vuelve. Tarda semanas, no días.
  • No siempre es la pantalla. Si además hay medicamentos, alcohol de más, mucho estrés o pasa también solo, eso es de médico, no de consejos de blog. Ir no le quita hombría a nadie.
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Si eres tú la que está del otro lado

Lo más difícil de esos meses no fue la cama: fue lo que yo me contaba de mí misma. Que estaba vieja, que ya no era suficiente, que seguro había alguien más. Nada de eso era cierto y yo no tenía forma de saberlo, porque él no hablaba.

Si estás ahí, pregunta. No con reclamo, con curiosidad: «¿qué sientes tú cuando estamos?». Puede que la respuesta tarde en llegar. La mía tardó semanas y valió la pena esperarla.

Lo que me quedó

Que el problema casi nunca es de ganas, es de volumen. Cuando todo está puesto al máximo, lo normal deja de sentirse. Y que lo normal —una persona, unas manos, tiempo— sí alcanza. Solo hay que bajarle al ruido para volver a oírlo.

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