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Sexo sagrado: cómo hacer la intimidad más lenta, consciente e intensa

· Soy Penélope

Sexo sagrado: cómo hacer la intimidad más lenta, consciente e intensa

Hace unas semanas, en la madrugada de un martes, me caché haciendo el amor con mi pareja y pensando en una reservación. Literal: un cliente de la agencia quería mover un vuelo a Huatulco y yo, mientras él me abrazaba, iba redactando la respuesta en mi cabeza.

No se lo dije. Terminamos, me dio las buenas noches, se durmió en tres minutos como siempre, y yo me quedé viendo el techo con una idea que no me gustó nada: llevábamos meses haciéndolo bien y sin estar ahí. Rico, rápido, resuelto. Como se lava un traste.

Dos días después, una clienta de la tienda me pidió un aceite para un taller de «sexo consciente». Se me salió media sonrisa —yo también pensé en incienso y en gente respirando en círculo—, pero la palabra se me quedó pegada toda la semana.

Qué es el «sexo sagrado» y por qué el nombre espanta

El nombre le cuesta caro. Uno oye «sexo sagrado» y se imagina velas por todos lados, un mantra, y a alguien que te va a explicar tu energía delante de desconocidos. Y sí, hay talleres que son exactamente eso.

Pero abajo del nombre hay una sola idea, y es la única que me traje: estar presente en lo que estás haciendo. Sin marcador, sin prisa y sin la cabeza en otra parte. Ya.

Regina Heckert, una terapeuta alemana que lleva décadas dando talleres de tantra, lo cuenta con una frase que me pegó: a los diecinueve años, después de sus primeras experiencias, pensó «esto no puede ser todo; con esto se debería poder hacer un arte». Yo a los diecinueve no pensé eso. Yo pensé que lo estaba haciendo bien porque nadie se quejaba.

El problema no era la prisa, era el marcador

Cuando me senté a ver qué era lo que de verdad me estorbaba, no era el tiempo. Era la lista que traía en la cabeza:

  • Que él llegue.
  • Que yo llegue. Y si no llego, que no se me note.
  • Que no dure poco. Ni mucho, porque mañana hay que trabajar.
  • Que se parezca a algo.

Eso es un examen, no un rato juntos. Y un examen se aprueba; no se disfruta. Lo peor es que el examen lo puse yo sola: mi pareja nunca me pidió nada de esa lista.

De dónde sale la lista lo escribí completo en este otro artículo: cuando lo que has visto toda la vida es gente que trabaja de esto, la cabeza se aprende el guion y luego te lo cobra en tu propia cama.

Lo primero que cambiamos: el teléfono en otro cuarto

No boca abajo en la mesita. En otro cuarto. Y la puerta cerrada.

Suena a poco y fue lo que más se sintió. La nada más posibilidad de que vibre te deja un pie afuera: aunque no lo veas, una parte de ti está esperando. Nosotros dejamos los dos aparatos en la cocina y la tele apagada, sin música los primeros días para oírnos.

No es un ritual, es una puerta. No hay que comprar nada para hacer eso.

Veinte minutos de tocar sin que tenga que llegar a nada

Este es el ejercicio, y es el centro de todo el asunto. Se pone un tiempo —nosotros pusimos veinte minutos— y se acuerda una regla: en esos veinte minutos no se puede llegar a nada. No es «a ver si pasa». Es que no. Uno toca y el otro nada más recibe, y a la mitad se cambian.

La primera vez me dio risa a los dos minutos. A los ocho me aburrí. A los doce se me fue la cabeza a la lista del súper. Y como a los quince pasó algo que no me esperaba: empecé a sentir la mano. No la intención de la mano, la mano. Llevaba años sin sentir eso, y no porque no me tocaran.

Ayuda tener algo en las manos. Nosotros usamos una vela para masaje —se derrite tibia, se puede servir en la piel, y como se prende y se apaga te marca el rato sin tener que ver un reloj— o el aceite de almendras, que es el más barato de la tienda y rinde una eternidad.

Un aviso práctico que casi nadie da: el aceite y los condones de látex no se llevan, el aceite los debilita. Si van a usar condón, el aceite se queda para la espalda y para lo demás va un lubricante de base agua. Con juguetes de silicona, base agua también.

Vela para masaje de SexShop99

La respiración: la parte que suena a yoga y sí sirve

Aquí es donde yo estaba lista para burlarme, y me tuve que callar.

Lo que me funcionó fue una tontería: soltar el aire por la boca en lugar de aguantarlo. Cuando algo se siente muy rico uno aprieta todo y deja de respirar, y ahí se acaba en dos minutos. Respirando hondo dura más y se siente en más partes del cuerpo, no nada más en una.

Lo otro es respirar al mismo tiempo, un rato, sin hacer nada más. Y verse a los ojos. La primera vez nos dio una pena horrible y nos reímos, y estuvo bien reírse: esto no es una ceremonia y nadie te está calificando.

Quitar un sentido para que despierten los otros

Sin la vista, el tacto se pone en primera fila. Es todo el truco de un antifaz, y por eso funciona tan bien con lo de los veinte minutos: no sabes dónde va a caer la siguiente mano.

Dos condiciones, y no son adorno. Se platica antes, con el antifaz en la mano y los dos vestidos, no a media noche a ver qué dice. Y se acuerda una palabra para parar todo, cualquiera, que no se use para otra cosa. Quien trae los ojos tapados tiene que poder decir «ya» y que eso se acabe ahí, sin explicaciones ni cara de decepción. Cómo se hablan estas cosas sin que suene a reclamo lo conté en otro artículo, porque es la parte que más cuesta.

Para las noches en que no se nos ocurre nada

Porque hay noches así, y estar presente no significa tener imaginación a las once de la noche de un jueves.

Nosotros terminamos usando unos dados de juego previo y funcionan por una razón que me tardé en entender: si lo dijo el dado, no lo pediste tú. Se acaba la pena de proponer y se acaba la posibilidad de que te digan no. Uno tira, sale «besar» y «cuello», y eso se hace despacio hasta que alguien vuelve a tirar. Es el mismo ejercicio de arriba, nada más que con instrucciones.

Dados de juego previo que brillan en la oscuridad, de SexShop99

Dónde esto se vuelve puro cuento

Y ahora la parte que no me conviene comercialmente.

Alrededor del «sexo sagrado» hay un negocio grande: retiros de fin de semana en veinte mil pesos, gente que te va a «desbloquear la energía femenina», certificaciones que se compran en línea en un mes. No necesitas pagarle a nadie el permiso de estar presente con tu pareja. Lo de los veinte minutos y el teléfono en la cocina es gratis y es el 80 % del asunto.

Tampoco hace falta creer en nada. Si a ti lo espiritual te acomoda, adelante; si te da flojera, quítale el nombre y quédate con la parte práctica, que es la que sirve.

Y lo más importante: esto no es terapia. Si hay dolor, si hay asco, si hay algo que te pasó y nunca hablaste, o si llevas años sin ganas de nada, eso no lo arregla una vela ni un taller. Eso es una sexóloga o una terapeuta, y ahí sí vale la pena gastar. Nosotros vendemos aceites; no vendemos eso.

Lo que me quedó

No lo hacemos siempre. Dos veces al mes, si acaso. El resto sigue siendo de las once de la noche, rápido, con el teléfono a un metro, y está bien: no todo tiene que ser una ocasión.

Lo que cambió no es la cantidad, y de la cantidad ya escribí que es la medida que menos dice. Cambió que ya sé cómo se siente estar ahí completa, y cuando no estoy, lo noto. Ahora, si traigo la cabeza en el trabajo, lo digo: «hoy no estoy, mejor mañana temprano». Eso también es parte del asunto, y es mucho menos romántico de lo que suena.

El correo del cliente, por si te quedó la duda, lo contesté a las siete de la mañana. El vuelo se movió sin problema y nunca se enteró de nada.

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